2017-08-14

SOBRE EL DERECHO DE SECESION Y EL REFRENDO PLEBISCITARIO (VI)

Sobre el derecho de secesión y el refrendo plebiscitario:
VI.-- ¿Nación de naciones?
por Lorenzo Peña y Gonzalo

Lunes 2017-08-14


En el primer artículo de la presente serie ya quedó refutada la visión de España como un Estado plurinacional, o sea una superestructura política que abarca a varias naciones meramente agrupadas o yuxtapuestas.

La noción de Estado plurinacional o multinacional viene de la tradición leninista (aunque ésta indudablemente se inspira en Marx, quien, sin embargo, no ahondó en ese tema ni desarrolló ese concepto).

Está asociada a un concepto de nación --que el propio Lenin, o sea Ulianof, no elabora, constituyendo esa tarea una aportación del georgiano Yugáshvili. ¿Qué concepto? Una muchedumbre de seres humanos que comparten una sola lengua, un solo territorio, una sola cultura e idiosincrasia comunes, una vida económica y una tradición compartidas; no necesariamente todos esos rasgos, o no todos en la misma medida. (Sobreentendiéndose que, no sólo comparten esos rasgos, sino que en todos ellos se diferencian de sus vecinos.)

El Estado, en cambio, es --de conformidad con la idea de Marx-- una organización de policías, jueces y militares encargada de reprimir por la fuerza a las clases dominadas. De suyo, pues, el Estado nada tiene que ver con la nación. Sólo que, en aras del crecimiento de las fuerzas productivas, es en general preferible que una nación esté unificada en un solo Estado y también que cada nación pueda, si lo decide, separarse para formar su propio Estado.

En esa ideología, eran Estados plurinacionales la Rusia zarista, la Alemania de los Hohenzollern, el Imperio Austro-Húngaro, pero también Bélgica y Suiza. Hasta mucho después nadie pensó, en esa tradición, que España fuera plurinacional. Y el eurocentrismo de entonces desviaba la atención de países como Abisinia (Etiopía), China, Persia (Irán), Nepal, Siam (Tailandia) e incluso el Perú o Argentina.

Tras el hundimiento de toda esa tradición ideológica, es digno de mención que uno de los pocos restos que han pervivido del naufragio es la teoría de los Estados plurinacionales, si bien la casi totalidad de quienes hoy la profesan desconocen esos orígenes doctrinales, de los cuales nada querrían saber --como si la teoría tuviera sentido alguno al margen de esos fundamentos teoréticos.

Una de las dificultades a las que, desde el primer momento, se enfrentó esa teoría es que algunas de las comunidades políticas a las que se quería aplicar el rótulo de «Estados plurinacionales» lo rehusaban; en particular Suiza (que, pese a su plurilingüismo y a las ocasionales tensiones entre sus comunidades --p.ej. durante la I guerra mundial--, siempre se ha considerado y se considera una nación única, no un racimo de naciones políticamente constreñidas a convivir en un Estado plurinacional). También la Bélgica de entonces se consideraba uninacional --y así siguió sucediendo hasta los años 60 del siglo XX, a pesar de la dualidad de idiomas: flamenco y francés.

Cuando, con el movimiento emancipador de las colonias, los adeptos de esa tradición leninista quisieron analizar las nuevas realidades --como Suráfrica, el Malí, el Congo, la India independiente, Indonesia, Costa Ebúrnea, el Camerún, Nigeria, Madagascar, Sri Lanka, Siria, Argelia, etc-- pretendieron inicialmente calcarles el rótulo de Estado plurinacional, con el consiguiente (aunque implícito) corolario lógico de que las naciones componentes de esas nuevas entidades políticas tenían un derecho de autodeterminación.

Pronto tuvieron que desdecirse los partidos comunistas o afines que formularon tales puntos de vista, pues esas enunciaciones chocaban frontalmente con la ascendente conciencia de esas poblaciones, que querían constituir naciones identificadas con sus respectivos Estados. Los ortodoxos de la tradición leninista tardaron en percatarse de que su concepto de nación era sólo uno entre varios, no forzosamente aplicable a cualesquiera circunstancias histórico-sociales. Las poblaciones del Malí quieren constituir una sola nación, pese a la multiplicidad de lenguas, culturas, tradiciones y pese a las disparidades de vida económica. Hay disidentes tuaregs (y algunos árabes o songays), pero su separatismo ha tenido que inclinarse ante la voluntad de la inmensa mayoría del pueblo maliano de permanecer unido formando una nación, con orgullo de esa nueva nación.

Y es que la nación en sentido leninista es una categoría válida en ciertas condiciones, cuando las naciones así conceptualizadas tienen unos motivos legítimos de identidad colectiva diferenciada y eventualmente separada, una memoria histórica compartida que conlleva --así sea confusamente-- unas esperanzas de futuro común diferenciado. La mera concurrencia de los rasgos unificadores --pero, a la par, diferenciadores-- de lengua, territorio, idiosincrasia y vida económica no son condiciones ni necesarias ni suficientes para formar una nación.

En las condiciones de la emancipación de los pueblos afroasiáticos del yugo colonial esos rasgos pasan a segundo plano por voluntad colectiva de las poblaciones afectadas y por imperativos de la organización política viable, ya que contemplar, para cada uno de esos nuevos Estados, una pluralidad de naciones significaría desestabilizarlos, abrir las compuertas a unas aventuras destructivas, a la guerra étnica, al hundimiento y la frustración para muchas generaciones. Los bambaras, los wolof, los peuls, los malinkas etc han optado por ser senegaleses, malianos, marfileños, guineanos, nigerinos, ganeanos, etc.

Ni a Marx ni a Lenin se les pasó nunca por la cabeza que España fuera plurinacional. Marx y Engels escribieron mucho sobre España, a la cual prestaron gran atención; a su pluma debemos ensayos periodísticos e historiográficos que conservan un enorme interés y están maravillosamente bien escritos. Jamás imaginan que en el Estado español convivan varias naciones. Marx conoce la peculiaridad lingüística vascuence, pensando que está llamada a extinguirse con el progreso de las fuerzas productivas y sus consecuencias superestructurales.

En todo caso, los leninistas acudieron --un poco furtivamente (en tanto en cuanto no elaboraron teóricamente el concepto)-- a la noción de nacionalidad; sin enunciarlo doctrinalmente (ni siquiera Yugáshvili lo hizo), podemos abducir de cómo usaron las palabras que, implícitamente, sí supieron diferenciar aquellos casos de pluralidad de naciones --en su sentido del vocablo-- de casos donde únicamente se daban algunos rasgos diferenciadores y quizá sólo en parte. Por eso el gobierno revolucionario instaurado el 7 de noviembre de 1917 en Petrogrado comprendía un comisariado del pueblo de las nacionalidades (no de las naciones).

(Según ya lo dije en el primer artículo de esta serie, hasta donde yo sé, fue el autor de estas páginas el primero que --en el año 1968-- formuló doctrinalmente la diferencia entre los conceptos de nación [en sentido leninista] y de nacionalidad.)

Por las razones ya apuntadas en mi primer artículo, España no es una colección política de varias naciones, ya que ni siquiera en lo lingüístico es verdad que en unas partes de España la lengua sea una y en otras otra: en todas las regiones, incluida Cataluña, la lengua más hablada es el español. (Sólo en Cataluña hay otra lengua [¡vamos! casi la misma, porque son parecidísimas] que se acerque al español en uso masivo; y eso tras las imposiciones políticas y las inmersiones forzosas de individuos a quienes no se ha preguntado si quieren o no sufrir tal inmersión --además de que se hace violando el principio de que cada niño y adolescente debe, preferiblemente, ser escolarizado en su lengua materna.)

Es, por consiguiente, un absoluto disparate hablar de España como Estado plurinacional. Además, implica aferrarse a un concepto de nación superado --ese que pergeñó Yugáshvili en su obra teórica de 1912, que no tenía en cuenta la nota que acabo de señalar: la memoria histórica compartida tal que su proyección al futuro haga, en las condiciones histórico-sociales, legítima la expectativa de constituir eventualmente una entidad política separada. (De hecho, como ya lo he recordado, ese concepto obsoleto de nación sería rechazado sin paliativos en todos los países de Asia y de África.)

Ante el fracaso de esa inadecuada caracterización de España como Estado plurinacional (aunque en una embrollada confusión, como si se dijera lo mismo con otras palabras) ha surgido últimamente una nueva moda: la de decir que España es una nación de naciones.

¿Qué es una nación de naciones? Es inaudito que los políticos lancen tal eslogan sin proporcionarnos aclaración alguna de lo que están diciendo.

Cualquiera que sea el concepto de nación que uno abrace, está claro que una nación es una pluralidad de seres humanos, una muchedumbre de individuos de la especie humana, igual que un rebaño es una muchedumbre de individuos de alguna especie no humana (la caprina, la ovina, una de camélidos, etc). Otras pluralidades de individuos son las piaras, las manadas, las hordas, las bandadas.

Una piara sólo abarca puercos, no piaras. ¿Qué sería una piara de piaras? ¿O una manada de manadas? ¿O una horda de hordas? ¿O un rebaño de rebaños?

Si hubiera un rebaño de rebaños ¿habría también un rebaño de rebaños de rebaños --y así al infinito? Entiendo que, de haber una nación de naciones, sería un conjunto cuyos miembros fueran naciones. Pero entonces podría haber una nación cuyos miembros fueran naciones de naciones, y una cuyos miembros fueran, los unos, individuos, los otros naciones, los otros naciones de naciones, y así sucesivamente.

Una cosa es un conjunto de números y otra un conjunto de conjuntos de números. El 7 es un miembro del conjunto de los números primos, pero no es miembro de ningún conjunto de conjuntos de números. También hay conjuntos que abarcan a números y a conjuntos de números, claro está. Y conjuntos que se abarcan a sí mismos. Pero, por definición, una nación, un rebaño, una piara, una familia, una horda, una manada son conjuntos de individuos, sólo de individuos.

Imaginemos que tuviera algún sentido decir que hay una nación de naciones. De cada uno de sus miembros habrá que preguntar si es una nación de naciones o una nación a secas. Y, a su vez, la nación de naciones dada ¿no formará parte, tal vez, en otra nación de naciones más amplia? ¿Qué criterios valen para establecer cuál pluralidad es una nación de naciones y hasta qué punto puede incrustarse una nación en otra de nivel superior?

Sea como fuere, si España es una nación de naciones, sus componentes son naciones. ¿Cuáles? Dado que esa ocurrencia ha saltado a la palestra a raíz de los pronunciamientos del separatismo catalán, imagino que quiere decirse que Cataluña es una de esas naciones. ¿Cuáles son las otras? ¿Murcia, Asturias, la Rioja, Cantabria, las Baleares, Madrid, etc, o sea las 17 «comunidades autónomas» --autarquías, para llamarlas como los portugueses? La abrumadora mayoría de los aragoneses, murcianos, madrileños, riojanos, canarios etc piensa pertenecer a una sola nación, la española. Hay andaluces que creen que su tierra es una nación diferenciada (a pesar de que es la región que menos pasado común tiene, puesto que ni siquiera corresponde a un pretérito reino de Andalucía, que jamás existió). Son minoritarios (aunque --como lo expondré en otro artículo de esta serie--, de producirse la secesión catalana, los irredentismos estallarían en todas las regiones españolas, empezando por Castilla, que ya tiene su propio nacionalismo separatista).

Entonces asoma esta dificultad: España, nación de naciones, ¿qué abarca? ¿Abarca a una nación (que presuntamente no sería, a su vez, nación de naciones a pesar de su interna pluralidad lingüística), que sería Cataluña, quizá a otras como Vasconia y Galicia y, en fin, a un resto? ¿Ese resto viene abarcado por la presunta nación de naciones como una unidad, como un miembro? ¿O lo que sucede es que cada individuo de ese resto viene directamente abarcado por la nación de naciones, la cual sería entonces, más bien, un conjunto híbrido, un conglomerado heteróclito cuyos miembros serían, los unos, colectividades nacionales, y los otros individuos sin otra pertenencia o identidad nacional que la de la nación de naciones?

Alternativamente, ¿es España una nación de naciones con dos miembros: Cataluña y España? En un ensayo de hace muchos años desarrollé la teoría de cúmulos que se abarcan a sí mismos. Pero las naciones no pueden ser cúmulos así. Si España tuviera dos miembros, Cataluña y España, este segundo miembro tendría dos miembros, Cataluña y España, y así al infinito. España sería una nación de naciones de naciones ...

Todo eso es peregrino y no nos lleva a ninguna parte. El dislate de la nación de naciones no merecería ninguna consideración seria si no fuera porque es la fórmula abrazada por uno de los principales partidos políticos del país. Lo que no nos dicen esos políticos es cómo esa fórmula abracadabrantesca va a solucionar, por arte de birlibirloque, el problema político creado por las pretensiones secesionistas.

En general cuantos, con razón, se quejan de la inacción del gobierno español ante la amenaza y la ilegalidad de los secesionistas, cuando exigen que se proponga una nueva fórmula constitucional, se refugian en el acertijo o la adivinanza, porque no nos hacen vislumbrar cuál sería la alternativa que ellos querrían o apoyarían.

Cada cosa en su momento. Desde luego que yo soy partidario de abrogar la constitución monárquica de 1978 (y reemplazarla provisionalmente por la republicana de 1931), pero ahora no se trata de eso. Frente a la destrucción de España, frente a quienes pretenden anular un pasado común de dos milenios --fragmentando nuestra nación, construida por los esfuerzos conjugados de sesenta generaciones--, lo único que cabe exigir es que las autoridades españolas atajen ese crimen; no ya en aras de la legalidad, o de la constitucionalidad, sino por un deber supraconstitucional para con la Patria que es una exigencia del Derecho Natural.

[continuará]




2017-08-11

SOBRE EL DERECHO DE SECESION Y EL REFRENDO PLEBISCITARIO (V)

Sobre el derecho de secesión y el refrendo plebiscitario:
V.-- España, dos milenios de historia
por Lorenzo Peña y Gonzalo

Jueves 2017-08-10


Tal día como hoy, hace 1759 años, era ejecutado en Roma, por sus ideas, mi paisano y tocayo Laurentius, cuya trágica muerte fue posteriormente mitificada con la célebre leyenda de la parrilla.

Causó su muerte un déspota, el usurpador Valeriano, poco después no sólo derrotado por los persas sino también apresado, muriendo en un ignominioso cautiverio. Corrían los días más lúgubres del Imperio Romano, sumido en la terrible crisis del siglo III.

En la historia de la civilización española (esa a cuyo estudio y a cuya propagación consagró su vida mi también paisano, el filólogo D. Rafael Lapesa y Melgar, de la Real Academia Española) está revestido de una especial significación el mártir cristiano San Lorenzo. El primer escritor cuya producción puede calificarse de castellano antiguo fue el riojano maese Gonzalo de Berceo (1195-1268). Una de sus obras poéticas fue el relato del martirio de San Lorenzo.1NOTA 1

Si Laurentius había nacido en Valencia (Gonzalo de Berceo afirma que fue en Huesca), el dato es pertinente para recordar que a España la hizo Roma, que España es una creación romana, una nación con dos milenios de historia, obra, por entero, de la colonización y unificación que nos aportó Roma.

De la prerromana Península Ibérica, de las tribus iberas, celtas y celtíberas, no quedan más que los genes (y no sé cuántos, porque en los largos siglos de pertenencia de España al Imperio Romano la aportación genética italiana fue, sin lugar a dudas, decisiva --aunque sólo fuera por los legionarios; la mayoría de los actuales españoles seguramente tenemos como antepasado a algún legionario romano).

Antes de los romanos ya habían emprendido la colonización y unificación de nuestra península los semitas africanos, los púnico-cartagineses. Pero, por imperativo demográfico, estaban destinados a fracasar. El pueblo fenicio de Cartago era exiguo en comparación con la enorme masa de la población latina. Pese al inmortal genio de Aníbal, los cartagineses fueron eliminados.

El relevo pasa entonces a Roma, la cual, en una serie de campañas (que se prolongan unos dos siglos) acomete y lleva a término la conversión de España en provincia romana. Es cierto que, durante un tiempo, se trató de dos provincias (la citerior y la ulterior), más tarde subdivididas. Esas divisiones administrativas no impedían que, desde algo antes del comienzo de la era cristiana, toda España está unificada bajo el poder de Roma (quitando algún rincón rebelde de la cornisa cantábrica); toda ella habla el latín; toda ella ha olvidado a los moradores celtíberos, aunque gran parte de la población hispanorromana descienda de ellos.

La literatura y la leyenda de siglos posteriores nos hablan de Numancia y de Viriato, pero los españoles de hace dos milenios nada querían saber ni de Numancia ni de Viriato. Todo eso estaba sepultado en el olvido. De tales hechos, reales o legendarios, no se tiene otra noticia que la que dan los propios historiadores romanos. A nosotros, los romanos hispanos, nos traían sin cuidado esos cuentos sobre nuestros antepasados, que nada nos habían dejado, mientras que Roma nos dio todo, nos hizo hispanos, o sea españoles.

En estos últimos tiempos se ha puesto de moda decir que España no es Hispania, llegando algunos --entre ellos el meritorio profesor zaragozano Dr. Francisco Pina Polo, a quien mucho aprecio-- a atribuir al franquismo la identificación de Hispania con España, la calificación como españoles de Séneca, Lucano, Marcial, Quintiliano, Calcidio, Trajano, Hadriano y Teodosio, entre otros.

Voy a citar varios pasajes de su artículo «El estudio de la historia antigua en España bajo el franquismo» (Anales de Historia Antigua, Medieval y Moderna, vol. 41 [2009], ISSN 1853-1555 [en línea], pp. 1ss.):


Tres ideas dominaron al respecto: en primer lugar, la dimensión unitaria de la historia de España, traducida en la existencia de una personalidad propia española colectiva desde el mismo comienzo de la historia, el supuesto `espíritu nacional español'; [...] por último, la idea dependiente del siempre omnipresente nacional catolicismo de que España fue bastión del cristianismo [...].


Por ello se hablaba siempre de España y no de Hispania, y de españoles y no de hispanos, incluso cuando alguien se refería a Viriato [...] Esa idea de la unidad esencial y eterna de España y de los españoles está, p.ej., perfectamente presentada por el título publicado en el año 1945 por Antonio García y Bellido [...] España y los españoles hace dos mil años según Estrabón [...]


Un buen ejemplo de definición de carácter nacional español con los rasgos citados se encuentra en la introducción escrita por Menéndez Pidal en la Historia de España que él dirigió, con el título «Sobre los españoles y la Historia». Publicada en 1947 se convirtió lógicamente en obra de referencia sobre la historia española y fue por tanto muy influyente durante todo el franquismo.


El castellano centrismo debe ser visto por otra parte como una de las características de la historiografía española bajo el franquismo.


En realidad existió una cierta ambigüedad en relación con Roma. Por un lado no dejaba de ser un Estado invasor a cuyo dominio los españoles se resistieron ferozmente. Por otro lado es obvio que trajo consigo elementos culturales fundamentales a la articulación de lo español [...]


Se parte de que todos los nacidos en las provincias hispanas eran `españoles' [...] Trajano, nacido en la Itálica del Guadalquivir, es reivindicado como un gran emperador español que consigue revitalizar el Imperio Romano. Otros personajes son presentados como decisivos en el enriquecimiento intelectual de Roma, como Séneca, Marcial o Lucano.

Concluye mi estimado colega su artículo con esta frase:


Sus principales tesis [las de la historiografía franquista] significaron simplemente la hipertrofia de otras que desde el siglo XVI habían defendido un peculiar papel de la España cristiana en la historia universal [...] como corresponde a un régimen totalitario como era la dictadura del general Franco.

Subyacente a todas y cada una de esas consideraciones es una antileyenda generalizada bajo los últimos dos reinados borbónicos: que España casi la inventó Franco o, por lo menos, que fue su tiranía la que, si no creó del todo, sí enunció y monopolizó plenamente el nacionalismo historiográfico español y hispano-español.

Todo lo que Pina Polo atribuye a la historiografía franquista se halla, desde siglos atrás, en la pluma de nuestros grandes historiadores, desde la Estoria general de España del rey castellano Alfonso X el Sabio en el siglo XIII,2NOTA 2 pasando por el jesuita talaverano P. Juan de Mariana en 1601 [cuya obra será reeditada por el intelectual y político demócrata catalán --y futuro Presidente de la República Española-- D. Francisco Pi y Margall en las Obras Completas del Padre Mariana, en 2 voles, Biblioteca de Autores Españoles, Madrid, 1854] para --a través de la Historia de España del académico liberal-progresista D. Modesto Lafuente y Zamalloa (varios volúmenes publicados entre 1850 y 1867)-- llegar a la frondosísima escuela de Eduardo Hinojosa y de su pléyade de discípulos liberales y republicanos, entre ellos D. Claudio Sánchez Albornoz (presidente del consejo de ministros de la República Española en el exilio de 1962 a 1971).3NOTA 3

A esa misma escuela progresista y democrática pertenece D. Ramón Menéndez Pidal, quien, regresando a España en 1939, se vio sometido al ostracismo y a punto de quedar condenado a un exilio interior; no deja de ser paradójico que venga considerado ahora un intelectual del franquismo; cierto que tuvo que doblar la rodilla y agasajar al régimen para sobrevivir, pero sus ideas --afines a las de su amigo y colaborador, Claudio Sánchez Albornoz-- no eran para nada similares ni al monarco-reaccionarismo, ni al tradicionalismo ni al falangismo.

En la pluma de Sánchez Albornoz aparecen, con esmero y pasión, todos los temas que Pina Polo juzga propios de la ideología franquista o nacional-católica. (Sánchez Albornoz era también, por cierto, católico y así lo proclamó rotundamente nada más iniciar en 1939 su largo exilio argentino.)

Esa historiografía refleja una visión subyacente, amplísimamente compartida por todos los españoles cultos durante toda la Edad Media, la de la unidad histórico-política y cultural de España como una realidad con un pasado y un porvenir comunes, a lo largo de toda la reconquista, a menudo incluyendo también a la España musulmana, y eso tanto al norte como al sur de la línea de demarcación entre moros y cristianos.4NOTA 4

Es verdad que en toda esa tradición historiográfica hay titubeos y ambigüedades. Frente a la afirmación romanista, romano-latina, de la esencia de España, asoman otras tres concepciones alternativas, sin que los autores se percaten de sus propias incongruencias:

  • 1ª) Una creencia en una España perdurable desde época prerromana, lo cual reduciría la esencia de España a un mero concepto geográfico-natural, de geografía puramente física, ya que los pobladores de la Península Ibérica antes de la colonización romana eran etnias totalmente diferentes entre sí y de las cuales no hemos heredado nada en absoluto.

  • 2ª) Una visión de España como una entidad política independiente que habría surgido en el siglo V o en el VI por obra de los reyes godos, ya que éstos (los últimos de ellos) se titularon (al menos numismáticamente) «reges Hispaniae», al paso que, hasta entonces, Hispania había estado unida en el Imperio Romano, mas no constituido un Estado independiente.

  • 3ª) Una concepción de España posmedieval, cuyo nacimiento arrancaría del casamiento de Fernando e Isabel de Trastámara en 1469 --o diez años después, cuando Fernando herede el reino de Aragón de su padre, Juan II--.

Esas tres concepciones son radicalmente erróneas. La primera por lo ya dicho: entre la Península Ibérica prerromana y España=Hispania hay una radical discontinuidad y ruptura (sirviendo un poco de puente la conquista cartaginesa, a la postre frustrada y que apenas dejó nada tras de sí, salvo el haber facilitado la obra de Roma).

La segunda concepción, la visigótica, sostiene que España se hizo independiente bajo el yugo visigodo. ¡Qué desfiguración de la historia! Al ser invadida y arrasada por las hordas germánicas en el comienzo del siglo V (suevos, alanos, vándalos y godos), los godos sólo pusieron su planta en una parte de la España tarraconense y pronto fueron forzados a cruzar los Pirineos.

Afincados en un territorio con capital en Tolosa, emprendieron de nuevo la conquista de España, ocupando la mayor parte de ella hacia el año 476. Mas su reino seguía siendo transpirenaico, asentado principalmente en la Galia al sur del Loira. En el siglo VI serán derrotados por otra horda germánica, los francos, quienes entonces los despojan de casi todos sus dominios al norte de los Pirineos. La instalación de la capitalidad del recompuesto reino godo en Toledo sucede con el rey Atanagildo, ya en la segunda mitad del siglo VI.

Mas en las mismas fechas una parte del sur y todo el sureste de España son liberados por el general romano Liberius, reintegrándose al Imperio Romano y permaneciendo como provincia romana hasta el año 630, al paso que sólo a fines del siglo VI son vencidos los suevos, quienes habían fundado su propio reino bárbaro en la Galicia romana (que abarcaba un territorio muchísimo más extenso que la actual Galicia). Los godos no reinaron sobre toda España más que unos 16 lustros, del 630 al 711.

Durante la mayor parte de su dominación fueron odiados por los oprimidos hispanorromanos, sometidos a segregación racial, que sólo será abolida por el rey godo Recesvinto en el año 654. Fue por entonces cuando los reyes godos empezaron a denominarse «reges Hispaniae». No es que se considerasen los monarcas de un reino de España o Hispania, sino reyes del pueblo godo asentado en Hispania.

Que España se haya constituido en nación por ser subyugada (felizmente durante poco tiempo) por esa horda bárbara de los godos no puede significar que España adquiriera su esencia ni su existencia gracias a esos dominadores circunstanciales.

Mejor que nadie supo ver D. Marcelino Menéndez y Pelayo cómo la esencia y la existencia de España, de la histórica nación española, son romanas, latinas, romano-latinas; que España no es sino ese trozo de la latinidad, de la romanidad, del Imperio Romano, que ha guardado su esencia romano-latina, cuya demarcación territorial fue delimitada por la naturaleza: la Península Ibérica.5NOTA 5

En ese sentido España es como Italia, como Rumania: trozos de la latinidad políticamente unificados y asimilados en el Imperio Romano, que se vieron desgajados de su Madre Patria, Roma, al caer ésta en poder de los bárbaros (en el caso de Rumania incluso antes, al ser conquistada por las hordas germánicas a fines del siglo III).6NOTA 6

Que el origen de España como nación histórica y lingüística es romano-latino, pudiendo fecharse, aproximadamente, en el principado de Augusto (comienzo de la era cristiana) --que es cuando los romanos completan la pacificación de nuestra Península-- y que, por consiguiente, nuestra Madre Patria es Roma (de la cual fuimos arrancados por la fuerza bruta de los invasores bárbaros) lo expresó --según ya lo he recordado-- Menéndez Pelayo, cuando en su Historia de los heterodoxos españoles (vol I, p. 268) afirma:

Los visigodos nada han dejado, ni una piedra, ni un libro, ni un recuerdo, si quitamos las cartas de Sisebuto y Bulgoranos, escritas quizá por obispos españoles y puestas a nombre de aquellos altos personajes. Desengañémonos: la civilización peninsular es romana de pies a cabeza, con algo de semitismo; nada tenemos de teutónicos, a Dios gracias. Lo que los godos nos trajeron se redujo a algunas leyes bárbaras y que pugnan con el resto de nuestros códigos y a esa indisciplina y desorden que dio al traste con el imperio que ellos establecieron.

En la misma página, Menéndez Pelayo comenta que, frente a las imágenes idealizantes de los invasores germánicos, es preciso no olvidar esto: «La depravación bárbara siempre fue peor que la culta y artística. Ese mismo individualismo o exceso de personalismo que las razas del Norte traían los indujo a [...] discordias intestinas y, lo que es peor, a traiciones y perjurios contra su pueblo y raza, porque no abrigaban esas grandes ideas de patria y de ciudad propias de helenos y latinos». En la página anterior, Menéndez Pelayo recuerda las costumbres de aquella aristocracia goda que mantuvo sojuzgada a España durante más de dos siglos: «La nobleza goda era relajadísima en costumbres: la crueldad y la lascivia manchan a cada paso las hojas de su historia».

Menéndez Pelayo ve como un efecto, aunque indirecto, de la llegada de los musulmanes en el año 711 el que, de resultas de los acontecimientos que desencadenó, ese proceso histórico «nos limpió de la escoria goda» (ibid., p. 269). No olvida que hasta las postrimerías del dominio visigodo había imperado un régimen de apartheid, en el cual los hispanorromanos eran un pueblo oprimido y discriminado, estando prohibidos los matrimonios mixtos --una prohibición que sólo será levantada por Recesvinto; la conversión de Recaredo al catolicismo no había puesto fin a la segregación racial. Hasta ese extremo final del régimen godo --sigue diciendo Menéndez Pelayo-- la «organización del Estado [era] [...] ruda, selvática y grosera, como de gente nacida y criada en bosques». Y no pasa por alto Menéndez Pelayo una consecuencia de esa segregación --sólo abolida legalmente en los ultimísimos reinados de la monarquía goda: «Error sería creer que las dos razas, goda e hispanorromana, estaban fundidas al tiempo de la catástrofe de Guadalete [año 711]. La unión había adelantado mucho con Recaredo, no poco con Recesvinto, pero distaba de ser completa. [...] diferencias íntimas y radicales los separaban aún» (ibid., p. 266).

Paso así a la tercera concepción errónea: la de que España sólo existe desde la unión dinástica de 1469 (o de 1479, según se mire). Eso es completamente absurdo, un contrasentido pseudohistórico. (Y me temo que ésa es la concepción del Prof. Pina Polo, desgraciadamente.)

Vamos a aplicar un criterio coherente. ¿Cuál? Para mí, una nación es la comunidad de todos los habitantes humanos de un territorio de cierta amplitud, geográficamente delimitado, sea por demarcaciones más o menos importantes de geografía física, sea como resultado de hechos histórico-políticos, siempre que esa comunidad:

  • (1º) esté unida por vínculos históricos, culturales, económicos, demográficos y lingüísticos (no necesariamente un solo idioma);

  • (2º) comparta una memoria y una autoidentificación colectivas;

  • (3º) no forme parte de una unidad similar más amplia (y, por lo tanto, no guarde afinidad, en todos esos aspectos, con los territorios contiguos);

  • 4º) como consecuencia de lo cual, esa comunidad, o bien forma un cuerpo político independiente, o tiene sobrados motivos para reclamar ese estatuto, del cual sólo puede estar privada por estar sufriendo una opresión extranjera (resultado de una conquista o de un sojuzgamiento).

Una de las características de una nación es que, cuando está rota su unidad política, la población y las élites de las diferentes partes fragmentadas guardan alguna conciencia (a veces confusa o borrosa) de copertenencia, por la persistencia de una idea del subconsciente colectivo, aunque sea muy vaga, del pasado común con esperanzas de un futuro igualmente común (cual sucedió a lo largo de nuestra Edad Media, según lo estudió el Prof. Maravall, con envidiables erudición y minuciosidad).

España es una nación desde el reinado de Augusto, aunque entonces no cumplía ni el requisito 3º ni el 4º. Era una parte de la nación romano-latina. Fue el derrumbamiento del Imperio Romano lo que causó, contra la voluntad de los españoles, que España se convirtiera en una nación diferenciada. No la hicieron tal los godos, que siempre fueron y se sintieron raza dominante, nunca hispanos. Mas esa contingencia puramente externa no alteró la esencia de España.

Con mi criterio, Italia es una nación por lo menos desde el final de la guerra social (año 88 aEC). No empieza a existir Italia con la proclamación del rey de Cerdeña, Víctor Manuel II de Saboya, como rey de Italia en marzo de 1861; había habido previamente entidades políticas que recibieron esa misma denominación, «regno d'Italia». Usamos la misma palabra, «Italia» para hablar de la Italia romana de Cicerón, de la Italia sojuzgada por los godos (493 a 535), de la fugazmente liberada por Justiniano, de la que cayó después víctima de las nuevas invasiones germánicas (lombardos, francos y normandos), de la que estuvo desunida durante 22 siglos y de la mal reunificada por la conquista militar piamontesa en 1861 (disfrazada con la mascarada de plebiscitos ratificatorios de las anexiones, fruto de victorias militares de la casa de Saboya sobre los demás Estados italianos).

Desde la época romana hasta esa pésima unificación forzada de la segunda mitad del siglo XIX, las poblaciones y las élites de Italia siempre tuvieron conciencia colectiva --más intensa unas veces, más tenue y difuminada otras-- de constituir una unidad con un pasado común y unas vagas esperanzas o añoranzas de futuro común; igual que España en la Edad Media. En el siglo IX, en el XIV, en el XVII «ser italiano» quería decir algo.

¿Y la nación alemana? Cuando Fichte pronuncia y difunde sus célebres Discursos a la nación alemana, en 1808, no existía unidad política alguna con denominación germana ni con pretensión pangermánica, ni siquiera la exigua supremacía nominal que, durante muchos siglos, había correspondido al Sacro Imperio Romano-Germánico (un tanto fantasmagórico, sobre todo después del tratado de Westfalia de 1648); tal imperio, derrotado por Napoleón, se había extinguido justo dos años antes de las proclamas de Fichte.

Es dudoso desde cuándo hay una nación alemana o germana, pero sin duda ésta ya existía cuando Luis I firma con sus hermanos, el 10 de agosto de 843, el tratado de Verdún, dividiéndose el imperio carolingio; viene proclamado rey de la Francia oriental, pero de hecho se lo conoció como rey de Germania, basándose, en parte, la delimitación de las tres «Francias» (oriental, central y occidental) en genere, moribus, lingua, legibus: eran pueblos diferenciados étnicamente, en sus costumbres, en su lengua y en su Derecho. La Francia occidental será Francia; la oriental, Alemania.

China es una nación desde tiempo inmemorial; cuando se instaura un poder central unificador, el de la efímera dinastía Qin en 221 aEC, los chinos no viven esa experiencia como generadora de su nación, sino como lo que era, una unificación --sólo que bajo el cetro de un déspota brutal, que no pudo consolidar su dinastía, la cual va a perecer con él. Siguen 81 lustros de unidad bajo la dinastía Han, cuyo derrocamiento en el año 220 EC abre un larguísimo período de desunión (220 a 589). Reunificada la nación china bajo la fugaz dinastía Sui (581-618) y su heredera la dinastía Tang (618-906), de nuevo queda sumida, a comienzos del siglo X, en el marasmo y la desunión, atenuada por la hegemonía de los monarcas de la dinastía Sung, 960-1279. Entre 1279 y 1368 está bajo el yugo mongol. Vienen luego las dinastías Ming (1368-1644) y Ching (1644-1912; no olvidemos que ésta es bárbara, manchú, aunque aclimatada a la China subyugada, que nunca se resignó del todo a esa sumisión). Finalmente en 1912 se proclama la República China.

Si aplicamos a la historia china un criterio análogo a aquel con el que se quiere decir que Hispania no es España, no sé dónde se pondrá la línea de demarcación entre la China antigua y la moderna, pues lo que la historia nos ofrece es un continuo, no roto por los largos y turbulentos períodos de desunión y de sojuzgamiento a manos de los bárbaros del norte.

Aplicando esos mismos criterios hemos de pensar que Hispania=España.

Además, ¿cómo se traduce «España» al latín? La lengua latina ha sido la oficial de la Santa Sede y del Estado de la Ciudad del Vaticano hasta la decisión del 6 de octubre del 2014 impuesta por su santidad Francisco I. La diplomacia vaticana, redactada en latín, ¿cómo tenía que traducir el nombre propio «España»? Naturalmente «Hispania».

Además, las versiones de los clásicos latinos en otros idiomas traducen «Hispania» como «Spanien», «Spain», «Espagne», «Spagna»; y traducen «hispanos» como «spanisch», «spaniards», «espagnols», «spagnoli». La edición bilingüe (latín y francés) del Ab urbe condita de Tito Livio que constituyó mi libro de reestudio de la (entonces un poco olvidada) lengua de Cicerón durante mis años de doctorado en Lieja (1975-79) siempre, en el lado derecho, hacía corresponder «Espagne» a la palabra del lado izquierdo, «Hispania».

Leyendo también obras de recientes historiadores de la antigüedad romana --como Luciano Canfora (uno de mis preferidos)-- compruebo que usan «la Spagna» para referirse a Hispania, o sea a España. ¿Todos equivocados?

Por otro lado ¿qué sucedió en 1469 o en 1479? Los reyes de Castilla, de Aragón, de Navarra y de Portugal ya se titulaban, los cuatro, «reyes de España» desde mucho antes, igual que el rey nazarí de Granada se titulaba rey de Al-Ándalus. Ni el casamiento de Valladolid ni las proclamaciones reales subsiguientes instituyeron una entidad política nueva, denominada «reino de España».

Éste, en esos términos, sólo empezará oficial o nominalmente a existir en 1812, aunque desde el siglo XVI, o desde el XV, no sólo toda la correspondencia diplomática llama al monarca hispano «rey de España», no sólo es así como se expresa el pueblo, sino que incluso los tratados internacionales inscriben tal denominación (p.ej. el Tratado de Utrecht de 1713; la guerra de 1701-1715 [combinación de guerra civil española y de guerra internacional] fue conocida generalmente como «guerra de sucesión de España» o «guerra de España»). En el siglo XVII era ampliamente usada la locución «la nación española»; en la citada guerra, los partidarios catalanes de Carlos III (el archiduque Carlos de Austria) proclamaron que luchaban «por toda la nación española». El episodio de 1469 había sido un mero jalón en ese largo recorrido, nada más.

Recientemente el lingüista hispano-estadounidense Francisco Adolfo Marcos Martín ha insistido en que los hispanorromanos no eran españoles. Su argumento es que la vivencia colectiva que tenían no era la de españoles, sino la de hispanos. El Prof. Marcos Martín también rechaza hablar de la España musulmana. Pero, ¿acaso la vivencia de los españoles de 1492, de 1592, de 1692, de 1792, de 1892 o incluso de 1992 es, de veras, igual que la de los españoles de este año 2017? Basta echar memoria, acordarse de cómo sentía uno las cosas hace unos decenios; no sólo uno, para sus adentros, sino en la relación con los demás. Nuestras vivencias han cambiado. Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río; pero ese río no es tampoco enteramente otro río. Es y no es el mismo. Igual sucede con las naciones.

De todo lo cual se deduce que España --o, si se prefiere, Hispania--, nación bimilenaria, es muy anterior a las regiones que se generaron en la Edad Media: Castilla, Andalucía, Aragón, Cataluña, Vasconia, León, etc. En nuestra España antigua hubo primero las dos provincias de la Citerior y la Ulterior. Luego fueron creándose otras. A fines del siglo III la reforma administrativa del emperador Diocleciano unificó toda España (incluyendo la Mauretania Tingitania, o sea aproximadamente el Rif) en una diócesis, dividida en siete provincias: Bética, Lusitania, Tingitania (también llamada «Hispania noua»), Cartaginense, Tarraconense, Baleárica y Galaica. Desde luego ni la Bética era Andalucía ni Glllaecia era Galicia, ni, en absoluto, la Lusitania era Portugal ni, para nada, la Tarraconense era Cataluña.

Las actuales regiones sólo empiezan a adquirir fisonomía y denominación muchos siglos después de Diocleciano. (Vasconia ni siquiera figuraba en la lista. Los vascones de entonces, habitantes de la actual Navarra, eran un pueblo de origen celta o, al menos, indoeuropeo, que no tenían nada de euskaros; éstos ingresarán en España, cruzando los Pirineos, tras el desmoronamiento del Imperio Romano de Occidente, en una inmigración que se prolongará varios siglos.)

Por último, como colofón, diré unas palabras sobre el castellano-centrismo que el Prof. Pina Polo achaca al régimen de Franco. (Yo no soy, en absoluto, castellano-centrista; ¡todo lo contrario! --a pesar de que mis antepasados eran oriundos de Castilla la Vieja por ambas líneas.) El castellano-centrismo es propio de la generación del 98, un santo y seña del regeneracionismo que quiso sacudir a España. Castellanista, castellano-centrista, fue D. Miguel de Unamuno.7NOTA 7 Huelga recordar el castellano-centrismo del andaluz D. Antonio Machado.

En la Gaceta de Madrid del 28 abril 1931 publícase el Decreto del Gobierno Provisional de la República Española «Bandera nacional», del cual extraigo esta frase: «La República cobija a todos. También la bandera, que significa paz, colaboración de los ciudadanos bajo el imperio de justas leyes. Significa más aún: el hecho, nuevo en la Historia de España, de que la acción del Estado no tenga otro móvil que el interés del país, ni otra norma que el respeto a la conciencia, a la libertad y al trabajo. Hoy se pliega la bandera adoptada como nacional a mediados del siglo XIX. De ella se conservan los dos colores y se le añade un tercero, que la tradición admite por insignia de una región ilustre, nervio de la nacionalidad, con lo que el emblema de la República, así formado, resume más acertadamente la armonía de una gran España». ¿Se puede ser más castellano-centrista que una República que considera a Castilla, no sólo una región ilustre, sino nervio de la nación española?8NOTA 8 Al destruir esa bandera, escogida por las multitudes, y restaurar la bicolor deforme de Carlos III, el franquismo realizará un acto político anticastellano.

Soy consciente de que, por sostener estas tesis historiográficas, se me acusará de suscribir el nacionalismo español. ¡A mucha honra! Nacionalismo español desde mis puntos de vista políticos y jurídicos, los del republicanismo social, liberal, igualitario, fraternalista y progresista, los del antiimperialismo, aquellos que me acompañaron ya en los lejanos años sesenta del pasado siglo.



1

[NOTA 1]

V. Juan José Ortiz de Mendivil, «Acercamiento a la `passion o martyrio de Sant Laurenzo' de Gonzalo de Berceo», 1982, Nº 103 de la Biblioteca Gonzalo de Berceo, disp. en acc. También «El Martirio de san Lorenzo de Gonzalo de Berceo: Estructura y comentarios» de Antonino M. Pérez Rodríguez, accesible. El poema empieza con estos versos: «En el nomne precioso del Rey omnipotent / que faze sol e luna nazer en Orient, / quiero fer la passion de Sennor Sant Laurent / en romanz que la pueda saber toda la gent». Otra variante: «Del Martir Sant Laurençio romanzo otra scriptura, / Fo en Roma martiriada tan sancta creatura, / Asaronli en parriellas sayones a rencura, / Imperante don Deçio, omne de audace dura». [Los historiadores juzgan equivocado atribuir ese martirio al emperador Decio, muerto poco antes, en la batalla de Abrittus, aplastado por los godos, en el año 251; efectivamente Decio también había perseguido cruelmente a los cristianos.] V. asimismo acc.. Cf. acc..


2

[NOTA 2]

Disp. en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, acc.; v. «La versión primitiva de la Estoria de España de Alfonso X: edición crítica», acc.; v. asimismo: Mariano de la Campa, «La versión primitiva de la Estoria de España de Alfonso X: Edición crítica», Seminario Menéndez Pidal (U.C.M.), acc..


3

[NOTA 3]

V. mi escrito de 2014 «La renovación de los estudios histórico-jurídicos en España en el primer tercio del siglo XX», acc. en acc..


4

[NOTA 4]

V. la magna obra de José Antonio Maravall Casesnoves, El concepto de España en la Edad Media, Centro de Estudios Constitucionales, 2013, ISBN 9788425915567.


5

[NOTA 5]

Excepto, en verdad, Portugal, que optó en 1640 por desgajarse del tronco común, siguiendo su propio itinerario; como pronto hará de eso medio milenio, por doloroso que sea tal desgarro, es seguramente irreversible.


6

[NOTA 6]

El caso de Francia es diferente, pues aceptó autodenominarse con el nombre de la tribu germánica que sojuzgó la Galia; la conciencia nacional francesa siempre ha considerado a los invasores francos como sus antepasados; nunca nadie en el país vecino ha reclamado liberarse de tal denominación.


7

[NOTA 7]

A Unamuno debemos este hermoso poema: «Tú me levantas, tierra de Castilla, / en la rugosa palma de tu mano, / al cielo que te enciende y te refresca, / al cielo, tu amo, / Tierra nervuda, enjuta, despejada, / madre de corazones y de brazos, / toma el presente en ti viejos colores / del noble antaño. / Con la pradera cóncava del cielo / lindan en torno tus desnudos campos, / tiene en ti cuna el sol y en ti sepulcro / y en ti santuario. / Es todo cima tu extensión redonda / y en ti me siento al cielo levantado, / aire de cumbre es el que se respira / aquí, en tus páramos. / ¡Ara gigante, tierra castellana, / a ese tu aire soltaré mis cantos, / si te son dignos bajarán al mundo / desde lo alto!»


8

[NOTA 8]

D. Pedro Rico, alcalde republicano de Madrid, en su artículo «Nacimiento espontáneo de la bandera tricolor» ensalza las banderas republicanas porque son «enseñas en las que se unía a los antiguos, el color morado, no menos antiguo en la conciencia popular, como simbolizador de Castilla». Y agrega: «el verdadero significado [de la oficialización de la bandera tricolor era] el de integrar, llevar a su plenitud, la simbolización de la patria, incorporando a su emblema el color de Castilla».

[continuará]




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