2017-08-14

SOBRE EL DERECHO DE SECESION Y EL REFRENDO PLEBISCITARIO (VI)

Sobre el derecho de secesión y el refrendo plebiscitario:
VI.-- ¿Nación de naciones?
por Lorenzo Peña y Gonzalo

Lunes 2017-08-14


En el primer artículo de la presente serie ya quedó refutada la visión de España como un Estado plurinacional, o sea una superestructura política que abarca a varias naciones meramente agrupadas o yuxtapuestas.

La noción de Estado plurinacional o multinacional viene de la tradición leninista (aunque ésta indudablemente se inspira en Marx, quien, sin embargo, no ahondó en ese tema ni desarrolló ese concepto).

Está asociada a un concepto de nación --que el propio Lenin, o sea Ulianof, no elabora, constituyendo esa tarea una aportación del georgiano Yugáshvili. ¿Qué concepto? Una muchedumbre de seres humanos que comparten una sola lengua, un solo territorio, una sola cultura e idiosincrasia comunes, una vida económica y una tradición compartidas; no necesariamente todos esos rasgos, o no todos en la misma medida. (Sobreentendiéndose que, no sólo comparten esos rasgos, sino que en todos ellos se diferencian de sus vecinos.)

El Estado, en cambio, es --de conformidad con la idea de Marx-- una organización de policías, jueces y militares encargada de reprimir por la fuerza a las clases dominadas. De suyo, pues, el Estado nada tiene que ver con la nación. Sólo que, en aras del crecimiento de las fuerzas productivas, es en general preferible que una nación esté unificada en un solo Estado y también que cada nación pueda, si lo decide, separarse para formar su propio Estado.

En esa ideología, eran Estados plurinacionales la Rusia zarista, la Alemania de los Hohenzollern, el Imperio Austro-Húngaro, pero también Bélgica y Suiza. Hasta mucho después nadie pensó, en esa tradición, que España fuera plurinacional. Y el eurocentrismo de entonces desviaba la atención de países como Abisinia (Etiopía), China, Persia (Irán), Nepal, Siam (Tailandia) e incluso el Perú o Argentina.

Tras el hundimiento de toda esa tradición ideológica, es digno de mención que uno de los pocos restos que han pervivido del naufragio es la teoría de los Estados plurinacionales, si bien la casi totalidad de quienes hoy la profesan desconocen esos orígenes doctrinales, de los cuales nada querrían saber --como si la teoría tuviera sentido alguno al margen de esos fundamentos teoréticos.

Una de las dificultades a las que, desde el primer momento, se enfrentó esa teoría es que algunas de las comunidades políticas a las que se quería aplicar el rótulo de «Estados plurinacionales» lo rehusaban; en particular Suiza (que, pese a su plurilingüismo y a las ocasionales tensiones entre sus comunidades --p.ej. durante la I guerra mundial--, siempre se ha considerado y se considera una nación única, no un racimo de naciones políticamente constreñidas a convivir en un Estado plurinacional). También la Bélgica de entonces se consideraba uninacional --y así siguió sucediendo hasta los años 60 del siglo XX, a pesar de la dualidad de idiomas: flamenco y francés.

Cuando, con el movimiento emancipador de las colonias, los adeptos de esa tradición leninista quisieron analizar las nuevas realidades --como Suráfrica, el Malí, el Congo, la India independiente, Indonesia, Costa Ebúrnea, el Camerún, Nigeria, Madagascar, Sri Lanka, Siria, Argelia, etc-- pretendieron inicialmente calcarles el rótulo de Estado plurinacional, con el consiguiente (aunque implícito) corolario lógico de que las naciones componentes de esas nuevas entidades políticas tenían un derecho de autodeterminación.

Pronto tuvieron que desdecirse los partidos comunistas o afines que formularon tales puntos de vista, pues esas enunciaciones chocaban frontalmente con la ascendente conciencia de esas poblaciones, que querían constituir naciones identificadas con sus respectivos Estados. Los ortodoxos de la tradición leninista tardaron en percatarse de que su concepto de nación era sólo uno entre varios, no forzosamente aplicable a cualesquiera circunstancias histórico-sociales. Las poblaciones del Malí quieren constituir una sola nación, pese a la multiplicidad de lenguas, culturas, tradiciones y pese a las disparidades de vida económica. Hay disidentes tuaregs (y algunos árabes o songays), pero su separatismo ha tenido que inclinarse ante la voluntad de la inmensa mayoría del pueblo maliano de permanecer unido formando una nación, con orgullo de esa nueva nación.

Y es que la nación en sentido leninista es una categoría válida en ciertas condiciones, cuando las naciones así conceptualizadas tienen unos motivos legítimos de identidad colectiva diferenciada y eventualmente separada, una memoria histórica compartida que conlleva --así sea confusamente-- unas esperanzas de futuro común diferenciado. La mera concurrencia de los rasgos unificadores --pero, a la par, diferenciadores-- de lengua, territorio, idiosincrasia y vida económica no son condiciones ni necesarias ni suficientes para formar una nación.

En las condiciones de la emancipación de los pueblos afroasiáticos del yugo colonial esos rasgos pasan a segundo plano por voluntad colectiva de las poblaciones afectadas y por imperativos de la organización política viable, ya que contemplar, para cada uno de esos nuevos Estados, una pluralidad de naciones significaría desestabilizarlos, abrir las compuertas a unas aventuras destructivas, a la guerra étnica, al hundimiento y la frustración para muchas generaciones. Los bambaras, los wolof, los peuls, los malinkas etc han optado por ser senegaleses, malianos, marfileños, guineanos, nigerinos, ganeanos, etc.

Ni a Marx ni a Lenin se les pasó nunca por la cabeza que España fuera plurinacional. Marx y Engels escribieron mucho sobre España, a la cual prestaron gran atención; a su pluma debemos ensayos periodísticos e historiográficos que conservan un enorme interés y están maravillosamente bien escritos. Jamás imaginan que en el Estado español convivan varias naciones. Marx conoce la peculiaridad lingüística vascuence, pensando que está llamada a extinguirse con el progreso de las fuerzas productivas y sus consecuencias superestructurales.

En todo caso, los leninistas acudieron --un poco furtivamente (en tanto en cuanto no elaboraron teóricamente el concepto)-- a la noción de nacionalidad; sin enunciarlo doctrinalmente (ni siquiera Yugáshvili lo hizo), podemos abducir de cómo usaron las palabras que, implícitamente, sí supieron diferenciar aquellos casos de pluralidad de naciones --en su sentido del vocablo-- de casos donde únicamente se daban algunos rasgos diferenciadores y quizá sólo en parte. Por eso el gobierno revolucionario instaurado el 7 de noviembre de 1917 en Petrogrado comprendía un comisariado del pueblo de las nacionalidades (no de las naciones).

(Según ya lo dije en el primer artículo de esta serie, hasta donde yo sé, fue el autor de estas páginas el primero que --en el año 1968-- formuló doctrinalmente la diferencia entre los conceptos de nación [en sentido leninista] y de nacionalidad.)

Por las razones ya apuntadas en mi primer artículo, España no es una colección política de varias naciones, ya que ni siquiera en lo lingüístico es verdad que en unas partes de España la lengua sea una y en otras otra: en todas las regiones, incluida Cataluña, la lengua más hablada es el español. (Sólo en Cataluña hay otra lengua [¡vamos! casi la misma, porque son parecidísimas] que se acerque al español en uso masivo; y eso tras las imposiciones políticas y las inmersiones forzosas de individuos a quienes no se ha preguntado si quieren o no sufrir tal inmersión --además de que se hace violando el principio de que cada niño y adolescente debe, preferiblemente, ser escolarizado en su lengua materna.)

Es, por consiguiente, un absoluto disparate hablar de España como Estado plurinacional. Además, implica aferrarse a un concepto de nación superado --ese que pergeñó Yugáshvili en su obra teórica de 1912, que no tenía en cuenta la nota que acabo de señalar: la memoria histórica compartida tal que su proyección al futuro haga, en las condiciones histórico-sociales, legítima la expectativa de constituir eventualmente una entidad política separada. (De hecho, como ya lo he recordado, ese concepto obsoleto de nación sería rechazado sin paliativos en todos los países de Asia y de África.)

Ante el fracaso de esa inadecuada caracterización de España como Estado plurinacional (aunque en una embrollada confusión, como si se dijera lo mismo con otras palabras) ha surgido últimamente una nueva moda: la de decir que España es una nación de naciones.

¿Qué es una nación de naciones? Es inaudito que los políticos lancen tal eslogan sin proporcionarnos aclaración alguna de lo que están diciendo.

Cualquiera que sea el concepto de nación que uno abrace, está claro que una nación es una pluralidad de seres humanos, una muchedumbre de individuos de la especie humana, igual que un rebaño es una muchedumbre de individuos de alguna especie no humana (la caprina, la ovina, una de camélidos, etc). Otras pluralidades de individuos son las piaras, las manadas, las hordas, las bandadas.

Una piara sólo abarca puercos, no piaras. ¿Qué sería una piara de piaras? ¿O una manada de manadas? ¿O una horda de hordas? ¿O un rebaño de rebaños?

Si hubiera un rebaño de rebaños ¿habría también un rebaño de rebaños de rebaños --y así al infinito? Entiendo que, de haber una nación de naciones, sería un conjunto cuyos miembros fueran naciones. Pero entonces podría haber una nación cuyos miembros fueran naciones de naciones, y una cuyos miembros fueran, los unos, individuos, los otros naciones, los otros naciones de naciones, y así sucesivamente.

Una cosa es un conjunto de números y otra un conjunto de conjuntos de números. El 7 es un miembro del conjunto de los números primos, pero no es miembro de ningún conjunto de conjuntos de números. También hay conjuntos que abarcan a números y a conjuntos de números, claro está. Y conjuntos que se abarcan a sí mismos. Pero, por definición, una nación, un rebaño, una piara, una familia, una horda, una manada son conjuntos de individuos, sólo de individuos.

Imaginemos que tuviera algún sentido decir que hay una nación de naciones. De cada uno de sus miembros habrá que preguntar si es una nación de naciones o una nación a secas. Y, a su vez, la nación de naciones dada ¿no formará parte, tal vez, en otra nación de naciones más amplia? ¿Qué criterios valen para establecer cuál pluralidad es una nación de naciones y hasta qué punto puede incrustarse una nación en otra de nivel superior?

Sea como fuere, si España es una nación de naciones, sus componentes son naciones. ¿Cuáles? Dado que esa ocurrencia ha saltado a la palestra a raíz de los pronunciamientos del separatismo catalán, imagino que quiere decirse que Cataluña es una de esas naciones. ¿Cuáles son las otras? ¿Murcia, Asturias, la Rioja, Cantabria, las Baleares, Madrid, etc, o sea las 17 «comunidades autónomas» --autarquías, para llamarlas como los portugueses? La abrumadora mayoría de los aragoneses, murcianos, madrileños, riojanos, canarios etc piensa pertenecer a una sola nación, la española. Hay andaluces que creen que su tierra es una nación diferenciada (a pesar de que es la región que menos pasado común tiene, puesto que ni siquiera corresponde a un pretérito reino de Andalucía, que jamás existió). Son minoritarios (aunque --como lo expondré en otro artículo de esta serie--, de producirse la secesión catalana, los irredentismos estallarían en todas las regiones españolas, empezando por Castilla, que ya tiene su propio nacionalismo separatista).

Entonces asoma esta dificultad: España, nación de naciones, ¿qué abarca? ¿Abarca a una nación (que presuntamente no sería, a su vez, nación de naciones a pesar de su interna pluralidad lingüística), que sería Cataluña, quizá a otras como Vasconia y Galicia y, en fin, a un resto? ¿Ese resto viene abarcado por la presunta nación de naciones como una unidad, como un miembro? ¿O lo que sucede es que cada individuo de ese resto viene directamente abarcado por la nación de naciones, la cual sería entonces, más bien, un conjunto híbrido, un conglomerado heteróclito cuyos miembros serían, los unos, colectividades nacionales, y los otros individuos sin otra pertenencia o identidad nacional que la de la nación de naciones?

Alternativamente, ¿es España una nación de naciones con dos miembros: Cataluña y España? En un ensayo de hace muchos años desarrollé la teoría de cúmulos que se abarcan a sí mismos. Pero las naciones no pueden ser cúmulos así. Si España tuviera dos miembros, Cataluña y España, este segundo miembro tendría dos miembros, Cataluña y España, y así al infinito. España sería una nación de naciones de naciones ...

Todo eso es peregrino y no nos lleva a ninguna parte. El dislate de la nación de naciones no merecería ninguna consideración seria si no fuera porque es la fórmula abrazada por uno de los principales partidos políticos del país. Lo que no nos dicen esos políticos es cómo esa fórmula abracadabrantesca va a solucionar, por arte de birlibirloque, el problema político creado por las pretensiones secesionistas.

En general cuantos, con razón, se quejan de la inacción del gobierno español ante la amenaza y la ilegalidad de los secesionistas, cuando exigen que se proponga una nueva fórmula constitucional, se refugian en el acertijo o la adivinanza, porque no nos hacen vislumbrar cuál sería la alternativa que ellos querrían o apoyarían.

Cada cosa en su momento. Desde luego que yo soy partidario de abrogar la constitución monárquica de 1978 (y reemplazarla provisionalmente por la republicana de 1931), pero ahora no se trata de eso. Frente a la destrucción de España, frente a quienes pretenden anular un pasado común de dos milenios --fragmentando nuestra nación, construida por los esfuerzos conjugados de sesenta generaciones--, lo único que cabe exigir es que las autoridades españolas atajen ese crimen; no ya en aras de la legalidad, o de la constitucionalidad, sino por un deber supraconstitucional para con la Patria que es una exigencia del Derecho Natural.

[continuará]




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