2017-10-10

SOBRE EL DERECHO DE SECESION Y EL REFRENDO PLEBISCITARIO (VIII)

Sobre el derecho de secesión y el refrendo plebiscitario:
VIII.-- Del regionalismo al secesionismo
por Lorenzo Peña y Gonzalo
martes 2017-10-10


Propalado por los secesionistas vascos y catalanes, uno de los mitos que circulan sobre la realidad de España es que se trata de un mero concepto geográfico, una combinación de naciones yuxtapuestas, cuyo único aglutinante (aparte del circunstancial de estar ubicadas en un común espacio peninsular) fue la casual unión dinástica, que a la postre se metamorfoseó en creación de un Estado unitario en detrimento de la identidad y de las aspiraciones de los pueblos integrados por la fuerza en ese conjunto --pueblos que, a lo largo de todo ese proceso de incorporación forzosa, habrían mantenido constantemente su perfil nacional diferenciado y sus reivindicaciones de existencia separada, aplastadas por el poder de las armas españolas.

No es de extrañar que tal cuento sea creído por ignorantes, puesto que, por rocambolesco que sea, cualquier relato puede tragárselo alguien desinformado. Lo que difícilmente se comprende es que haya personas cultas que lleguen a tal extremo de autoengaño o mala fe (para consigo mismas) que sean capaces de dar crédito a esa leyenda.

Según ya lo he señalado en artículos precedentes de esta serie, la realidad histórica de España --que acertadamente Menéndez Pelayo retrotrae a la unificación romana y la latinización de Hispania hace 80 generaciones-- precedió, con mucho, al surgimiento de Castilla, Cataluña, Aragón, Andalucía o la moderna Vasconia (la antigua Autrigonia era étnicamente diversa). A lo largo de los siglos medievales de desunión persistía --sin interrupción alguna-- la conciencia de España como una unidad propia con un pasado y un futuro comunes, manteniéndose continuamente el anhelo de reunificación. La unión dinástica de los Trastámara en el siglo XV fue sólo un jalón más en ese largo proceso.

Aunque la reunificación quedó siempre inconclusa --por lo breve de la incorporación lusitana (1580-1640)--, la mayor parte de España, a través de lo que inicialmente había sido una unión dinástica, a lo largo de toda la Edad Moderna fue constituyendo un Estado unitario de hecho (más que de Derecho). En la guerra civil de 1705-1715 ambos bandos --el austriacista del archiduque Carlos de Habsburgo (nuestro primer Carlos III) y el borbónico de Felipe V, duque de Anjou-- compartían buena parte de su visión de un Estado español unitario, aunque el primero, radicado en Barcelona, otorgara --durante la guerra-- un protagonismo a los catalanes y levantinos. (No sabemos qué hubiera pasado de haber sido diverso el desenlace del conflicto.)

El episodio del Corpus de sangre catalán de 1640 no había sido más que una peripecia, uno de tantos levantamientos más o menos fugaces, de menor alcance, a la postre, que otros que sufrió la monarquía hispana en su formación --p.ej. las comunidades de Castilla a comienzos de la centuria precedente.

A pesar de tales episodios, desde el siglo XVI, más desde el XVII, más desde el XVIII, existe un sentimiento de nación española, casi unánimemente compartido por toda la población de los reinos de las coronas aragonesa, castellana y navarra, con una memoria histórica común y un proyecto político conjunto.

Entre comienzos del siglo XVII y mediados del XIX los españoles cultos (y semicultos) fueron educados en la visión de España de la Historia del P. Juan de Mariana. No cabe olvidar que, gracias a la imprenta, en 1808 una cuarta parte de la población española sabía leer (aunque no forzosamente escribir), teniendo algún acceso a la lectura (la proporción era significativamente mayor entre los varones). Eran, por consiguiente, varios millones los que, en la escuela primaria (parroquial o municipal) habían recibido una elemental instrucción, que incluía unas nociones básicas de la historia de España, derivadas de la obra del P. Mariana. (Sin eso sería más difícil de explicar la cuasiunanimidad patriótica del levantamiento antifrancés de 1808-14.)NOTA 1

(De paso notemos que la lectura y la escritura fueron casi exclusivamente en la lengua española. Apenas se escribían las lenguas euscaras [quitando algunas octavillas u hojas parroquiales] y muy poco los diversos dialectos catalanes, que atravesaron un largo período de agrafía, nunca total ciertamente.NOTA 2 Cuando, en las postrimerías del siglo XIX, ciertos círculos catalanes vuelcan sus esfuerzos en la escritura de su lengua, lo hacen en un código lingüístico diverso del hoy considerado estándar. En Vasconia la situación era aún menos propicia a la generalización de las lenguas euscaras, mutuamente incomprensibles, que variaban de una comarca a otra.)

¡Retrocedamos un poco en el tiempo! No es de extrañar que en los motines que sacudieron toda España en 1766 (el llamado «motín de Esquilache) --con participación de las masas en muchas ciudades de Castilla, Aragón, Cataluña, Levante, Andalucía, Galicia, Asturias, Vizcaya y Guipúzcoa-- no se hiciera sentir ninguna reivindicación particularista, regionalista, autonomista ni, menos, secesionista. Todos pedían lo mismo: atajar la carestía de la vida, procurar el abastecimiento de la población, remediar al hambre, poner fin al mal gobierno y a la corrupción palaciega. De haber existido una contenida o reprimida aspiración nacional propia en algunas regiones, una propicia ocasión para que estallara o saliera a la luz la ofrecía una conmoción tan tremenda --que puso en peligro el trono de Carlos III.

Asimismo la guerra de la independencia fue otra oportunidad, si es que había poblaciones en Vasconia, en Cataluña o en cualquier otra región española, que desearan la secesión. Lejos de eso, si bien el invasor francés de hecho incorporó Cataluña a su imperio (ninguneando y despreciando al rey títere José Bonaparte), no por ello la población catalana secundó tal anexión fáctica ni aprovechó el enfrentamiento para plantear reivindicación nacionalista alguna que no fuera su ardiente nacionalismo español, una de cuyas máximas plasmaciones fue el levantamiento antifrancés de Gerona y el célebre asedio de la ciudad gerundense, que da título a una de las novelas de Pérez Galdós en sus Episodios nacionales (no Episodios estatales).

En concreto, el 16 de junio de 1808, con participación de representantes de casi todo el principado --con exclusión de la ciudad de Barcelona, ocupada por las fuerzas del General Duhesme, que impidieron la actuación de los 4000 soldados españoles de su guarnición [quienes fueron desarmados y cautivados]-- se formó en Lérida la Junta de Cataluña --un eslabón del movimiento patriótico antifrancés de toda España. (V. Andrés Casiniello, «La guerra peninsular de 1808: Del entusiasmo victorioso a la frustración», Revista de historia militar 49 [2005], p. 108.) De la panfletística patriótica podemos recordar aquí el «Primer Cantich Catalá contra los francesos» de 1808, que proclama: «non volem ser francesos, nosaltres som espanyols». (V. Emilio de Diego, «La España de 1808: entre el mito y la realidad», ibid, p. 30.)

En las Cortes de Cádiz, 1810-1814, tenían posibilidades de presentar aspiraciones particularistas los diputados de las diversas regiones. Ninguno lo hizo. Los catalanes, los vascos, los levantinos, los gallegos, los andaluces, los castellanos, los asturianos, todos compartieron con entusiasmo el nacionalismo español más exaltado. ¿Hubo disensiones, hubo polémica? La hubo y muy agria, apasionada. Enfrentó, insuperablemente, a serviles y liberales --un enfrentamiento que, aunque metamorfoseado, va a persistir a lo largo de 35 lustros. Pero en las Cortes de Cádiz, a pesar de la enconada resistencia de los serviles, se consiguió un consenso (aunque fuera en parte insincero), gracias al cual, con regocijo general, se aprobó la Constitución de 1812, la cual, no sólo consagraba una democracia unitaria, sino que, además, abolía implícitamente todos los fueros, al programar --art. 258-- unos códigos civil, mercantil y penal únicos para todo el Reino de España en ambos hemisferios, consecuencia del principio de la igualdad de todos ante la ley.

En aquellas Cortes constituyentes abundaron los diputados de las provincias ultramarinas, algunos de ellos ya secretamente adeptos de las independencias de sus territorios; éstos maniobraron, aprovechando la pugna entre serviles y liberales, aunque sin por ello lograr avances en una causa que nunca defendieron abiertamente. Tal coyuntura hubiera ofrecido una oportunidad para que, de haber aspiraciones similares en la Península, éstas se hicieran sentir de manera parecida; que al menos se escuchara alguna voz, algún clamor de signo secesionista o siquiera autonomista, anticentralista. No hubo nada de eso.

Tras las dos nefastas interrupciones del absolutismo borbónico (1814-20 y 1823-33), España vuelve al régimen liberal, que fue tremendamente agitado, a menudo turbulento. En medio de aquellas revueltas, de aquellos disturbios, de aquellos motines, de aquellos pronunciamientos, aprovechando las discordias y hasta los enfrentamientos armados, ¡qué fácil, qué verosímil hubiera sido una manifestación secesionista, si ésta hubiera respondido a los anhelos de una parte de la población de Vasconia, de Cataluña o de cualquier otro lugar de España!

Una Barcelona varias veces levantada en armas contra el gobierno de Madrid nunca, jamás, enarboló ideal alguno de tipo secesionista, ni siquiera catalanista. Ningún alzado, ningún manifestante, ningún descontento hizo profesión ni de separatismo ni tan siquiera de autonomismo.

Tales motines y sublevaciones siempre se inscribían en las pugnas entre unos y otros sectores del liberalismo, progresistas y moderados, librecambistas proingleses y proteccionistas, junto con la ya tumultuosa y masiva lucha obrera contra las durísimas condiciones laborales, a favor de la libertad asociativa y más tarde del sufragio universal --apuntando, desde los años 40 del siglo decimonónico, una incipiente tendencia antimonárquica y socialista.

El estruendoso silencio de imaginarias reivindicaciones catalanistas lo explica el escritor Félix Cucurull y Tey (q.e.p.d.), en su obra de 1970 Orígens i evolució del federalisme català, aduciendo que un número de años del período liberal los vivió Barcelona bajo estados de excepción o incluso de guerra, que restringían las posibilidades de libre expresión de opiniones. Es dudoso que tales estados afectaran a Barcelona más que a otras poblaciones igualmente inclinadas en ese período a los levantamientos populares (como Granada, Sevilla, Cádiz, Cartagena, Zaragoza, La Coruña y el propio Madrid). En cualquier caso, tales represiones de los gobiernos de turno no lograron nunca sofocar nuevos estallidos de furia popular en pos de reivindicaciones que iban de una radicalización de la revolución liberal y una ampliación del sufragio a los ideales republicanos y de reforma social.

Sólo al llegar la revolución antiborbónica de 1869, que abrió nuevos espacios de libertad, gana fuerza el partido republicano democrático federal, que tuvo la extravagante idea de convertir a España en una federación (era un tiempo en el cual --recién acabada la guerra de secesión con el triunfo antiesclavista del Norte-- los Estados Unidos de América gozaban de un gran prestigio como abanderados de la libertad; también influyó mucho la restauración de la República en México en 1866). Dentro de ese partido, Valentín Almirall esbozó un vago particularismo catalán. También al amparo del clima de efervescencia del sexenio democrático se creó en 1871 la primera publicación periódica de lengua catalana, La Renaixença, eminentemente literaria y apolítica. Será bajo la restauración borbónica, en 1879, cuando se cree el primer diario político en lengua catalana, Diari Català, asimismo por iniciativa de Almirall.

Durante el sexenio democrático, tres jefes del gobierno español fueron catalanes: D. Juan Prim y Prats, D. Estanislao Figueras y Moragas y D. Francisco Pí y Margall.

Cataluña hervía, por momentos ardía. ¿Por el secesionismo? ¡No, ni siquiera por el catalanismo! Las incipientes y tenues reivindicaciones catalanistas apenas iban más allá de lo literario, exceptuando al republicano Almirall y sus amigos. Las agitaciones giraban en torno a otros temas, especialmente la cuestión social.

Pero van a ser funestas las consecuencias del fracaso de la democracia materializado en los dos sucesivos golpes de Estado de enero y diciembre de 1874, con la subsiguiente entronización de Alfonso XII a raíz del segundo (el pronunciamiento del general Arsenio Martínez Campos en Sagunto el 29 de diciembre de 1874, que impuso por la fuerza la restauración de los Borbones).

Aunque la monarquía así restaurada --al principio tremendamente autoritaria y conservadora-- evolucionó pronto (y merecería hoy ser reconsiderada más benévolamente que como la enjuiciaron los hombres de la díscola generación de 1898) y aunque, mal que bien, ese régimen --con legitimidad jurídica inicialmente escasa-- fue logrando un consentimiento (quizá en parte renuente) de la mayoría de la población española, así y todo jamás estuvo aureolado por el prestigio que tenía en Francia la República.

Si comparamos la historia de España con la de Francia, vemos dos líneas que se cruzan. España parte de un fortísimo sentimiento de unidad y destino común desde la antigüedad romana, mantenido a lo largo de toda la Edad Media. Recordemos la presencia del conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV, en la coronación de Alfonso VII de León y Castilla como emperador de toda España (imperator totius Hispaniæ) en la catedral leonesa el 26 de mayo de 1135, ante representaciones de diversos reinos peninsulares, incluidas taifas mahometanas. Dos años después ese mismo Ramón Berenguer IV se convierte en príncipe regente de Aragón, quedando desde entonces unido el condado barcelonés a dicho reino; esa corona catalano-aragonesa pronto experimentará una considerable expansión hacia el sur, pero siempre en relación endogámica con el hermano reino de León y Castilla (lo que no excluía luchas fratricidas, frecuentes en aquellos revueltos tiempos).

Si alguna vez hubo, no un Estado catalán, mas sí un estadico barcelonés políticamente independiente fue en los 25 lustros aproximadamente que transcurren entre la independencia fáctica de ese condado (hasta entonces feudatario de los reyes francos) y la unión dinástica con Aragón en 1137; un período durante el cual --según lo hemos comprobado-- el condado barcelonés se concibe como parte integrante de España (de hecho la alternativa que se le planteó a Ramón Berenguer IV fue la opción de preferir la unión con Castilla o con su vecino Aragón, abrazando la segunda posibilidad).

El reino de Francia nunca fue ni se consideró una continuación de la Galia romana, sino el reino de los francos occidentales, regnum francorum occidentalium, creado por el Tratado de Verdún del año 843, desgajado del Imperio carolingio. Hasta la revolución francesa de 1789 no se abolirá en el Derecho internacional europeo el principio de que ese reino de Francia estaba delimitado por una línea cuya mitad meridional corría a lo largo del Ródano (que separaba riome, el Royaume de France, de l'empie, el Empire germanique [léase la novela de Bernard Clavel Le seigneur du fleuve]), si bien los reyes de Francia fueron mordisqueando comarcas y provincias al este de dicha línea, con ocupaciones militares luego afianzadas por tratados, aunque en pugna con el principio divisorio nunca abrogado.

Sólo en 1482 el rey Luis XI se adueña de Provenza (cuya dinastía condal acababa de extinguirse), de Borgoña y de Picardía. La Bretaña sólo es anexionada a Francia (o más bien dinásticamente unida al trono capeciano) el 13 de agosto de 1532. Lorena, Saboya, Córcega, la Costa Azul serán anexionadas entre 1766 y 1860.

Hasta la revolución francesa, Francia es un mosaico de instituciones, lenguas y culturas tremendamente dispares. La revolución unificará jurídicamente ese heteróclito conglomerado (hasta entonces sólo unido por la persona del monarca, rey de Francia y de Navarra) en una nación inventada, en buena medida artificial.

Hasta la escolarización universal, obligatoria y gratuita, a fines del siglo XIX (bajo la III república) la mayoría de los franceses (sobre todo en las zonas rurales) no entienden el francés, que era principalmente una lengua de élites, exceptuando la región parisina y zonas aledañas.

Al caer la realeza en 1792, se enfrentan en Francia dos proyectos opuestos: el federalista, girondino, y el unitario, jacobino. El primero representaba a la gran masa de la población del país, pero el segundo pudo imponerse por la movilización de los proletarios parisinos. Los regímenes que siguieron dejaron intacto el Estado unitario.

El unitarismo político en la República francesa va unido al unitarismo lingüístico.NOTA 3 Ante el comité de instrucción pública, uno de los grandes líderes revolucionarios, el P. Grégoire, pronuncia un célebre discurso en junio de 1794 sobre la necesidad de aniquilar los patois y de implantar, en todo el territorio de la República, la lengua francesa. Grégoire denuncia la existencia de treinta lenguas vernáculas, patois) --y se quedaba corto.NOTA 4 El orador precisa que el francés sólo se hablaba en unos 15 departamentos (de un total de 83), al menos como lengua exclusiva. En términos de población, menos de tres millones de habitantes, de un total de 25, hablaban la lengua de Molière.

Una estadística hecha en el II Imperio, en 1863, afirma todavía que 7,5 millones de franceses ignoran la lengua nacional (de un total de 38 millones de habitantes). En vísperas de la I guerra mundial la situación habrá cambiado, pero entre la población rural mayor el uso del francés seguía siendo minoritario, al menos al sur del Loira.

He hablado de la renaixença catalana de fines del siglo XIX. Inicialmente fue hermana del renacimiento provenzal, protagonizado por el escritor monárquico católico Federico Mistral. Sin embargo, los intentos de occitanos y provenzales entrarán en vía muerta; no llegarán a puerto alguno sus pretensiones de implantación de las lenguas de oc. Enfrentábanse a un Estado republicano aureolado por su prestigio, sus logros, su pujanza, a pesar de sus lacras. Es el período del solidarismo de Léon Bourgeois y Léon Duguit, de la escolarización universal de ambos sexos, de las primeras reformas sociales, frente a todo lo cual la reafirmación occitana y provenzal se enzarza en un particularismo que se agarra a la nostalgia monárquica, al antisemitismo y al más rancio conservadurismo.NOTA 5

A pesar de sus logros (que no le faltaron), el régimen liberal español de 1876-1923 sufrió un desgaste considerable, no consiguiendo nunca prestigio ni veneración ni concitando entusiasmo. La derrota en la guerra hispano-norteamericana (el desastre de 1898) lo hundió en el descrédito (aunque, en eso, inmerecidamente).

Fue justamente entonces cuando arrancaron los movimientos secesionistas paralelos (aunque diferentes) de Vasconia y de Cataluña.

Hasta ese momento, Cataluña había sido fervorosamente españolista. Más que ninguna otra región hispana, había mantenido un patriotismo español explosivo, desbordante y arrollador. La amargura de 1898, la decepción de una burguesía con grandes negocios en Cuba que veía que el gobierno de Madrid no era capaz de proteger eficazmente sus intereses, el descrédito de un Estado vencido y humillado por el inicuo tratado de París del 10 de diciembre de 1898, todo eso va a ser el caldo de cultivo de la agitación, al principio meramente regionalista (la Lliga de Cambó), pero pronto subrepticiamente separatista.

Si la República Española hubiera llegado en otras condiciones histórico-políticas, hubiera podido hacer caso omiso de las aspiraciones particularistas. En Cataluña el catalanismo, radical o moderado, se enfrentaba a dos colosales fuerzas masivas: el españolismo republicano radical y el anarco-sindicalismo de la C.N.T, (que --fundada en Barcelona en 1910-- no en vano había decidido apellidarse «nacional» con relación, no a una nación catalana, sino a la nación española).

Pero la II República española nace débil, teniendo que buscar apoyos para consagrar su legitimidad, con el máximo consenso. Por eso, la Constitución de 1931 incorpora un principio de posible autonomía (excepcional) de alguna región, una previsión hecha a medida para Cataluña. Sin embargo hubo una causa que aceleró la aprobación del estatuto de autonomía catalán del 9 de septiembre de 1932: la sanjurjada.

El proyecto de autonomía había logrado la adhesión de la opinión mayoritaria en su región, si bien no ha de olvidarse la masiva abstención obrera (puesto que en Cataluña el movimiento proletario estaba protagonizado por la C.N.T.). Pero la discusión en el Congreso dejó empantanado el proyecto. Son célebres los discursos ardientemente opuestos a la autonomía de Unamuno y Ortega, pero se cuenta menos que era reticente la mayoría de los diputados de la propia conjunción republicano-socialista en el gobierno. Como ya lo he apuntado, lo que aseguró la aprobación parlamentaria del proyecto fue la movilización catalana contra el pronunciamiento de Sanjurjo del 10 de agosto de 1932 (teleguiado por su exiliada Majestad, el rey D. Alfonso XIII), primer (fallido) ensayo de lo que será, cuatro años después, el alzamiento militar del 18 de julio.

En otro trabajo hice un balance de aquel invento de la autonomía regional. Según lo he expresado en mi libro Estudios republicanos (v. http://lorenzopena.es/esturepu.htm) juzgo que hubiera sido mejor buscar otra fórmula, como una binacionalidad de una República unitaria, sin autonomías, con bicapitalidad de Barcelona y Madrid y con ambas lenguas cooficiales en toda España a todos los efectos.NOTA 6

A falta de eso, quizá llevaban razón Unamuno y Ortega. Lo que pasa ahora es lo que ellos anunciaron entonces. Lejos de que la autonomía haya satisfecho a las aspiraciones particularistas, las ha alimentado e incentivado. Cada nueva concesión del poder central sólo ha servido para incrementar las potestades del regional. Que en éste haya terminado imponiéndose el secesionismo no es el resultado azaroso de las recientes peripecias político-económicas. Éstas han ofrecido la ocasión, no han sido la causa. La causa del mal estriba en que no se optó por esa estructura unitaria binacional, sino por una concesión al irredentismo regionalista que, por su propia dinámica, acabaría generando su autorradicalización.

El secesionismo siempre fue la agenda secreta e íntima de ese catalanismo desde que, a la vuelta del siglo XIX y el XX, se despidió de una España que tan fervorosamente había amado hasta ese momento.

Es triste reconocerlo pero, después de todo, tal vez llevaban razón Unamuno y Ortega en 1931-32. No sé si mi propia idea del Estado unitario binacional hubiera podido tener éxito (sólo que ni entonces ni después se le ha ocurrido a nadie salvo a quien esto escribe). Mas, ya que eso no se hacía ni se iba a hacer, hubiera sido mejor capear el temporal y reafirmar la república unitaria, archivando sine die cualquier proyecto de autonomía regional.



1

[NOTA 1]

Desgraciadamente --a pesar de las optimistas disposiciones del art. 366 de la Constitución gaditana de 1812-- en el reinado de Isabel II no disminuye mucho el analfabetismo. En 1857 seguíamos en un 75% (aunque posiblemente había aumentado el porcentaje de quienes sabían escribir). En 1887 había bajado al 65%. Tras los frustrados proyectos del sexenio democrático, 1868-74, el gobierno liberal de D. Práxedes Mateo Sagasta planeará en 1883 la escolarización de toda la población infantil, con un resultado muy mitigado pero no despreciable, pues en 1920 se había bajado al 42'64% de analfabetismo, o sea 6.953.777 analfabetos mayores de diez años sobre un una población con dicho edad de 16.307.337, siendo el número total de habitantes de 21 millones y un tercio. Se estaba avanzando, porque ese mismo año casi la mitad de las escuelas eran de niñas, si bien el analfabetismo femenino era aún del 57%. (Fuentes: Lorenzo Luzuriaga, El analfabetismo en España, Madrid: Josano, 1926, 2ª ed., pp. 20-21; Diego Sevilla Merino, «La ley Moyano y el desarrollo de la educación en España, acc. en http://www.juntadeandalucia.es/educacion/vscripts/wginer/w/rec/3095.pdf , cons. 2017-10-09; Carmen Calvo Millar, «De la alfabetización a las enseñanzas medias de las personas adultas en Aragón: Apuntes para su historia», Institución Fernando el Católico, acc. en http://ifc.dpz.es/recursos/publicaciones/30/71/15calvo.pdf, cons. 2017-10-09.)


2

[NOTA 2]

Se ha otorgado retrospectivamente una significación desmesurada a la «Oda a la pàtria», escrita en 1833 por Buenaventura Aribau y Farriols, obra de circunstancias, hecha por encargo para celebrar la onomástica de su empleador, el Marqués Gaspar de Remisa, olvidando que casi todo lo que escribió el liberal Aribau está en castellano, como sus artículos en La Nación, La España y El Corresponsal; como poeta también acudió principalmente a la lengua de Cervantes, en la cual escribió, p.ej., «Libertad, libertad sacrosanta, himno revolucionario», 1820. Asimismo el filólogo D. Manuel Milá y Fontanals escribió principalmente en castellano, igual que Jaime Balmes y la gran mayoría de los intelectuales catalanes de los siglos XVIII y XIX. Ya en el XVII los barceloneses habían preferido el castellano para publicar sus obras; Naciso Feliu de la Penya escribe en la lengua cervantina su célebre Fénix de Cataluña de 1683.


3

[NOTA 3]

V. http://www.axl.cefan.ulaval.ca/francophonie/HIST_FR_s8_Revolution1789.htm, acc. 2017-10-09.


4

[NOTA 4]

Nous n'avons plus de provinces, et nous avons encore environ trente patois qui en rappellent les noms. Peut-être n'est-il pas inutile d'en faire l'énumération: le bas-breton, le normand, le picard, le rouchi ou wallon, le flamand, le champenois, le messin, le lorrain, le franc-comtois, le bourguignon, le bressan, le lyonnais, le dauphinois, l'auvergnat, le poitevin, le limousin, le picard, le provençal, le languedocien, le velayen, le catalan, le béarnais, le basque, le rouergat et le gascon; ce dernier seul est parlé sur une surface de 60 lieues en tout sens. Au nombre des patois, on doit placer encore l'italien de la Corse, des Alpes-Maritimes, et l'allemand des Haut et Bas-Rhin, parce que ces deux idiomes y sont très-dégénérés.


5

[NOTA 5]

En Francia las lenguas regionales sólo han alcanzado un semirreconocimiento jurídico con la enmienda constitucional de 2008; hasta entonces han permanecido en el ostracismo, cuando no proscritas --p.ej. en la instrucción pública.


6

[NOTA 6]

V. mi escrito http://lorenzopena.es/books/cuestion_regional.html y su traducción catalana: http://lorenzopena.es/books/catala.htm y http://lorenzopena.es/books/catala.pdf.


[continuará]






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